Ausencias. Retener el tiempo.

21 Marzo, 2013

Ausencias. Retener el tiempo.

Ignacio Tovar.

Estamos tan acostumbrados a ver fotografías que ya ni siquiera nos planteamos cuánto de cierto y veraz hay en todo lo que vemos en ellas. Sin embargo, no hay que olvidar que son instantáneas, que sólo retienen del motivo unas décimas de segundo, pero damos por sentado que lo que se ve en ellas, responde exactamente a la realidad. A pesar de ello, aunque no se dude de la veracidad de la instantánea, muchas veces no nos reconocemos del todo en ella, y creemos que es porque no solemos vernos a nosotros mismos y menos aún desde algunos ángulos. Es verdad que no nos conocemos bien, la imagen que tenemos de nosotros mismos es distinta a la que muestran las fotografías que nos hacen, pero los amigos que tratamos frecuentemente a los que creemos conocer bien también nos resultan extraños en algunas tomas. No ha salido bien, decimos, cuando no se ajusta a la imagen que guardamos de ellos.

A las personas llegamos a conocerlas mejor cuando las tratamos durante algún tiempo, y la imagen que tenemos de ellas no es una sola, sino la suma de todas las experiencias que recordamos asociadas a su nombre. El paso de los años nos hace verla de distinta manera. La primera impresión es muy importante, pero tras una temporada juntos, esa percepeción inicial se va transformando y nos importan más otros aspectos que aun estando a la vista desde el principio, pasaban desapercibidos. Con el trato, son los rasgos con los que las identificamos, los que más las definen y que más apreciamos. Esto es porque incorporamos la experiencia del paso del tiempo a la imagen que tenemos de esas personas y no se trata de una imagen fija y única, sino la acumulación y superposición de todas ellas.

Cuando vemos una fotografía estenopeica nos invade una sensación de extrañeza. Parece normal, pero en ellas hay un temblor que nos inquieta. Si pensamos en ello llegamos a la conclusión de que la desazón es provocada porque en esos momentos, inconscientemente, percibimos que el tiempo corre más de lo que deseamos y que es perceptible incluso en una fotografía. Son sólo unos segundos lo que normalmente la toma de la estenopeica tarda en captar la imagen, pero vemos en ella el transcurrir del tiempo, algo a lo que no estamos acostumbrados a relacionar con la fotografía. Las imágenes movidas que obtenemos con una cámara normal son tan distorsionadas que más nos parecen experimentos con la luz o fallos, que otra cosa.

La fotografía estenopeica perdió la relativa vigencia, si es que alguna vez la tuvo, cuando se fueron incorporando al invento de la cámara, las lentes y demás adelantos técnicos que han llegado a permitir que en un rostro sean percibidos con absoluta claridad todos los detalles de la piel. En la competencia con el realismo de la pintura, la fotografía tenía todas las de ganar, pero cuando para la pintura esa perfección dejó de ser una meta y tomó otros derroteros, la fascinación por la nitidez y captación extrema de la imagen cambió de medio y aún hoy nos mantiene cautivados en la obra de muchos fotógrafos.

Cuando nos hablan de autores que usan la cámara estenopeica, nos parecen raros, a contracorriente. Conocí por primera vez este tipo de fotografía a través de una exposición, La Cámara Ciega, que tuvo lugar en el Museo de Arte Contemporáneo de Sevilla en 1988. Sin embargo, hasta que no he conocido a Israel Caballero no he tenido la oportunidad de estar en contacto continuo con esta modalidad de la fotografía. A veces he tenido la oportunidad de acompañarlo y estar presente mientras tomaba imágenes con esas cajas que nos parecen que puedan servir para cualquier cosa menos para hacer fotografías.

Las primeras imágenes de Israel que me dejaron pensando fueron un par de placas que había hecho al amanecer en un pueblo cercano. Las atracciones de feria aparecían vacías y cubiertas con lonas para protegerlas durante la noche. Las imágenes de esas maquinarias de diversión sin los niños y las luces que le dan vida y sentido, nos transmite una sensación de tristeza que contrasta fuertemente con la que tiene en las horas en que están funcionando. En una de ellas hay en el suelo un reguero de agua que oscurece el asfalto y que, invadidos por el clima que transmite la imagen, nos sugiere que la extraña máquina o la propia fiesta se está muriendo desangrada a pesar de que el color esté muy lejos de sugerirlo. La luz que inunda las fotografías da la sensación de que se acaba, a pesar de estar tomadas al amanecer, pero la soledad del escenario nos habla de que algo se pierde. Puede ser la diversión asociada a la feria, pero en el fondo nos tememos que nos habla de nosotros mismos, de que se nos pasa el tiempo y en esas imágenes queda retenido para hacérnoslo ver.

Israel Caballero desarrolla su trabajo en distintos grupos, como si fuera una especie de catalogación de elementos, pero todos forman una serie más amplia cuya temática tiene mucho en común.

En sus visitas a los diferentes lugares buscando las atracciones de feria, ha ido formando un grupo de fotografías que va creciendo y que cada vez toma más importancia y entidad propia. Se trata de las imágenes de los artilugios donde los jóvenes prueban su fuerza golpeando un balón colgante como los que sirven a los boxeadores para entrenar. Éstas se hallan cubiertas con lonas de colores de modo que pierden su forma original y a veces no alcanzamos a saber qué guardan. De esta manera parecen cabezas gigantes de monstruos amenazadores. El contraste de esta forma enorme que avanza sobre nosotros, con los colores alegres de las lonas y de las partes que quedan visibles nos transporta a un mundo de cuentos, donde la fantasía se desborda y todo es posible. La quietud de la máquina nos desasosiega, como si inesperadamente fuera a cobrar vida encendiendo sus luces y poniéndose en movimiento para atacarnos. Parecen haberse tragado a los jóvenes que probaron sus músculos la noche anterior y ahora reposa su digestión. Hay también en ellos algo de tótems que nos evocan ceremonias rituales de sociedades olvidadas o desconocidas.

Los tiovivos para niños pequeños aparecen completamente cerrados formando volúmenes geométricos de colores, donde sólo son visibles los ingenuos dibujos de las cresterías superiores. Los destinados a jóvenes, donde la velocidad es mayor y las formas más exuberantes, cubren cada cubículo por separado, tomando la maquinaria el aspecto de una extraña e inquietante flor. A la fantasía de sus fabricantes para crear atractivos instrumentos de diversión, se suma el clima del momento escogido por el fotógrafo para mostrárnoslo, una mezcla de visión de mundos soñados que da como resultado algo muy próximo a imágenes de pesadilla que nos llenan de nostalgia y tristeza más que de miedo.

La serie de los columpios y aparatos de juegos infantiles de los parques es la que más nos hace pensar sobre las intenciones del fotógrafo y lo que nos cuenta a través de ellas. En primer lugar, al mostrarlas vacías, sin los niños para los que están destinadas, con una luz incierta, parecen transmitirnos la sensación de que esos niños ya no están ni volverán más a jugar en ellas. Los tubos de hierro de pinturas desconchadas o descoloridas parecen hablarnos sobre un lugar deshabitado, donde sólo quedan restos que nos sugieren historias vividas o imaginadas. En algunas de las imágenes, los columpios no sólo están abandonados, sino que el lugar donde están instalados aparece lleno de hierbas que denotan que allí hace mucho tiempo que no juega nadie. Son aparatos que han caído en desuso tal vez porque la población se ha trasladado a otros lugares, o porque los niños que los usaron ya han crecido y perdieron hace tiempo el interés por esos juegos. A veces están desgastados,  mohosos y rotos, inundándonos una gran tristeza su visión. Aunque comprendamos que los críos juegan en otros lugares, o a otro tipo de divertimentos, no dejamos de recordar al flautista del cuento que se llevó a los niños de la ciudad. Lo que de verdad nos entristece es comprender que algo nuestro se nos va en esas imágenes. Ya no pensamos en los niños actuales sino en nosotros mismos, en los pequeños que fuimos y cómo el tiempo que ha pasado sobre esos elementos de juego, ha pasado sobre nosotros en mayor medida.

Estas fotografías en color están tomadas de frente, a la altura de los ojos, como si quisiera que nos pusiéramos en su lugar y compartir con él el momento de documentar la desolación de esos espacios. Tienen un aire intemporal, no parecen recién hechas. Es como si hubieran pasado por ellas muchos años. Tienen el tono desvaído de las primeras fotos en color que guardamos de nuestra juventud y nos obligan a mirarlas con detenimiento para desentrañar el misterio que parecen guardar. Se dirían recuerdos de historias pasadas, conocidas en nuestro entorno o vividas por nosotros mismos. Las imágenes de este artista son capaces de sugerir una historia en sí misma, como si en el tiempo que tardan en grabarse hubieran sucedido realmente y sólo quedara el lugar cargado aún del misterio que flota en el aire. Realmente lo que sucede es que guardan el tiempo, varios instantes superpuestos de elementos de juego y esparcimiento, que por ser tan alegres cuando están siendo utilizados, resultan, por contraste, enormemente desoladores cuando los contemplamos vacíos e inútiles. Verlas así nos inunda de recuerdos y añoranzas de momentos pasados irremediablemente.

Israel Caballero ha encontrado una forma de hablar sobre nosotros mismos a través de un medio idóneo, la fotografía estenopeica en color. El temblor del que hablaba al principio se introduce en las fotografías y lo que interpretamos como tristeza de las imágenes, es la tristeza de la ausencia, ver cómo el tiempo pasa por nosotros y se nos va casi sin darnos cuenta. Lo mismo que cada fotografía acumula varios segundos de la vida de unos instrumentos inanimados, nuestra memoria se despierta y proyectamos las experiencias acumuladas a lo largo de nuestras vidas, impulsados por lo que esas imágenes nos sugieren.

Ignacio Tovar.

Marzo de 2.013.