Cuenta hasta once

11 Febrero, 2012

Quizás para la ciencia el espacio natural de los recuerdos es  la química del cerebro, pero,  para la poesía,  los recuerdos se proyectan también hacia el exterior y habitan los espacios que hemos vivido.
Una calle, una habitación de papel pintado, el olor a serrín de una taberna… los recuerdos se quedan allí a esperarnos, esclavos libres a la espera de su amo, entregados a ellos mismos hasta que el tiempo nos alcanza a recuperarlos.
No es tarea fácil dedicarse a cazar esos fantasmas, y mucho menos convertirlos en metáfora silenciosa. Pero Israel Caballero tiene la paciencia de todo buen caza fantasmas: llega con la primera luz de la mañana, cuando los objetos todavía sueñan con su pasado, y los atrapa con su cámara estenopeica  – apenas una caja de madera  sin óptica donde la realidad llega directamente hasta la emulsión sin obstáculo alguno-.
Con esas armas ha recorrido por diferentes geografías  los hábitats en desaparición de los recuerdos infantiles: antiguos parques con estructuras metálicas y suelo de arena (en los que se consumían las horas sin adultos antes de las legislaciones modernas sobre seguridad), gastados por el uso y el tiempo, escenarios de juego de una época a otra escala.
Son imágenes casi pictóricas, en las que se pueden leer las marcas exactas de la técnica empleada, fotografías que sobrepasan cualquier valor documental para entrar de lleno en lo poético: es la zona de juego sin los que juegan, es la infancia sin los niños, es el presente mirando al pasado, una mirada frontal a los recuerdos;  fantasmas que siguen ahí, enredados en un espacio que desaparece, contando hasta diez con los ojos cerrados mientras golpean la pared con la palma de su mano.

Jandro Lopéz.

 

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