Veneno dulce

25 abril, 2014

Hay quien considera un juego baldío el repaso del deseo a través del instante y su recuerdo, algo así como hacer llover sobre mojado o tocar el miembro como una aldaba.

Las frases oblicuas son así, mirada de soslayo. Y viceversa.

No es como espiar por la cerradura, pero el asunto está ahí, justo al doblar la mirada. Todo el mundo tiene una distancia desde la que observa a su objeto de deseo. La mirada además tiene dos direcciones: una que consta de las cosas que caben en ella; la otra, de las que pueden caber. A partir de aquí, mantener las distancias, físicas, temporales, solo es pretexto para reincidir en el más apropiado punto focal de su anatomía.

Fíjate, justo al doblar.

Todo por volver al mismo sitio, que es también el momento.

Probablemente hayas emitido todo tipo de señales veladas. Entrados en materia, la solicitud es, a menudo, más que sutil, telepática: ven, de nuevo; acércate, de nuevo; déjate. De nuevo.

Fácil de entender: a la mínima señal, el sujeto emisor es quien iría corriendo.

Pero, ¿cómo no quebrantar reglas de moralidad ambigua? Al fin y al cabo todos  sabemos cuál es el centro gravitatorio e isósceles de tu mirada: justo la clásica estampa de la vivisección de la flor. He ahí el quid sonoro, oloroso, visual: corola, estambre, pistilo, dile exactamente esas palabras al oído. Con tono adecuado a la ocasión. No repares en excesos. Percibe en todo ello el jugo salivar como parte interesada del ciclo del agua.

Puedes embadurnarte, azogarte en ello, como quien se provee de preámbulos antes del acontecimiento receptivo. No quiero, sí quiero, no quiero, sí quiero.

La respuesta: en los ambages.

Muy así. ¿Cómo no dejarse llevar?

Hazme caso, primero se hace, después se piensa. Porque de nada servirá elucubrar sobre ello toda una vida, permitir a su mechón caer sobre tu cara cuantos entonces quieras, solicitar la venia del labio inferior, el más carnoso, solicitar su venia otra vez, largo rato, sin ropa interior, tantas veces, de nada servirá. Mejor antes, mucho antes de que diga y ahora qué, ahora qué.

Inclina pues el beso hacia el lado derecho de sus nubarrones. Después hacia el izquierdo. Céntrate. Más directo, la epidermis seducida: que sea piel, piel toda, membrana estremecida por ósmosis, por ruptura de embalse. Los fluidos son así, siempre al trasvase. Las yemas están para eso. Para apretar clavijas, también. Esa clavija.

En su lago se reflejó tu propia imagen. Podías haberos despedido antes, pero resulta que tu lengua está ahora ahí. Y su mano en tu nuca. Es el comienzo de algo y el fin de algo. No lo olvides, ya es recuerdo. Puedes recostarte a esperar sobre el espacio tiempo, trazar por enésima vez ecuaciones de relatividad en sus atalayas rosadas, en el vientre y el eje sustancial, geografías coordinadas al compás de la sacudida, mejorar el encuadre, el ángulo, la perspectiva de la rítmica, la musical, la desenfrenada, no quepa duda, la mítica embestida.

Pero, a ser posible, no te vayas sin alcanzar el descubrimiento de partes nunca vistas de su esclerótica. Admírese el matiz o la categoría: no hay color sino blanco esperma. (Debería patentar este matiz).

La cuestión es la eternidad de cada gota surtida. Más allá de la ergonomía del momento, en ese concepto abstracto e imposible cabe toda la inmensidad de la autoestima.

Carlos Oliva Medina.

Málaga a 19 de abril de 2014.