El ser humano, en su afán por dominar su entorno, a menudo causa estragos tanto en él mismo como en su entorno. Nos empeñamos en alterar, modificar e intervenir en el paisaje natural, reinterpretándolo según criterios y necesidades que a menudo son difíciles de comprender. El resultado son paisajes devastados, marcados por la impronta de la intervención humana y con pocas perspectivas de recuperación.
Estas intervenciones suelen estar impulsadas por motivos políticos y económicos, así como por necesidades artificiales que se implantan como prótesis. Sin embargo, estas prótesis son frecuentemente inútiles o de cuestionable valor estético. Se realizan intervenciones costosas, muchas veces al amparo de políticos de turno, que resultan en cuerpos extraños en el entorno natural.
Estas prótesis, como cuerpos extraños, son vulnerables a los caprichos de la naturaleza. Los próximos temporales arrastrarán estos cuerpos sin remedio, mientras que las siguientes mareas los expulsarán, de la misma manera que nuestro cuerpo rechaza lo que considera extraño o incompatible. Es esencial repensar nuestra relación con el entorno y reconsiderar nuestras intervenciones, para evitar causar un daño irreversible a nuestro mundo natural.