Durante la «Desbandá», más de 150.000 habitantes de Málaga, en su mayoría mujeres y niños, se vieron obligados a huir de la ciudad a pie mientras eran atacados desde el aire por aviones alemanes e italianos, y desde el mar por buques nacionales. Esta tragedia dejó un saldo desgarrador de al menos 5.000 muertos durante la huida, pero la devastación no terminó allí. Una vez que Málaga cayó el 8 de febrero de 1937, el horror se intensificó.
Las crónicas de la época, como las del diario El Centinela, pintan un cuadro desgarrador de la situación en Málaga. La ciudad ya no era un lugar habitable, sino más bien una zona de guerra convertida en carnicería. Las descripciones de mujeres saltando desde las ventanas para escapar, el olor penetrante de la carne quemada y los fascistas disparando indiscriminadamente a civiles desarmados por las calles, pintan un retrato sombrío de la atrocidad que se vivió.
El sufrimiento y la pérdida de vidas humanas durante la «Desbandá» y la caída de Málaga son una herida dolorosa en la historia de España, una tragedia que aún resuena en la memoria colectiva y que nos recuerda la brutalidad de la guerra y la importancia de preservar la paz y la justicia en nuestra sociedad.